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El ritual de Joaquín Sabina (Reportaje)
Ilustración: Rafael Añez
jueves 13 de febrero de 2014 09:30 AM
panored@panodi.com / Alexis Blanco

Músico, poeta, trovador a ultranza, militante en tránsito constante, el cantante (Ubeda, 12 de febrero de 1949) amaneció ayer con la piel plena de alivios y la voz enrarecida por esos delirios que, a lo largo de sus 65 círculos de cronopio, le han convertido en una referencia clave dentro de la contemporaneidad artística de Iberoamérica. En plena celebración, compartimos con él una rica copa y un “tripeo” desde su mismo imaginario.

Alexis Blanco  

Si el periodista que suscribe controla su incontinencia verbal, quizás Joaquín Ramón Martínez Sabina, de profesión músico cantautor, logre establecer algunas razones para enrollar con lejana pericia ese par de cigarrillos y, luego de encenderlos como si del ritual de un chamán criollo se tratare, comenzar a compartir aquí parte importante de su 65° aniversario. Un milagro que le instiga a seguir componiendo canciones para discos como Vinagre y rosas, el último álbum que ha hecho, esta vez en solitario, del cual se vendieron 200.000 copias en tan solo un mes de su lanzamiento, consiguiendo tres premios de platino. Hay Sabina para rato.

Las fuentes disqueras refieren su producción musical: catorce discos de estudio, cuatro en directo y tres recopilaciones. Hay más poemas que canciones. Se trata de la trova urbana que proviene de los setenta y ochenta, donde el mismo Joaquín admite todas las instancias y circunstancias de una era de excesos, excentricidades, vaivenes políticos y ontológicos que terminan por “esculpirse en mármoles y tallarse en bronces, para memoria de los hombres, en lo futuro…”.

La última cita proviene del Don Quijote de Cervantes y bien podría sostener el imaginario Sabina, mientras las volutas de humo dejan escuchar alguno de sus desgarrados cantos: “De los bares de copas, /a las cenicientas / de saldo y esquina,/ y, por esas ventas / del fino laína, / pagando las cuentas / de gente sin alma /que pierde la calma / con la cocaína, / volviéndome loco, / derrochando / la bolsa y la vida/ la fui, poco a poco,/ dando por perdida...”. Aquí hay una pausa porque alguien, de este lado, está llorando. Sigan fumando.

Una hermosa dama, de claro acento y sensual porte andaluz, llega hasta Sabina, lo felicita con los concernientes beso y abrazo. Luego le quita con delicado gesto el cigarrillo de las manos, fija su mirada en la llama y, como en exquisito trance, le dice: “Cuida, bienamado, al artista triunfador, porque ya no se trata de ti, ni de tus triunfos. La candela dice que estáis iluminado para otras nuevas jornadas de verso y canto..”. La maja de rojo hace un guiño para acá y entonces desaparece, entre el humo…

Desde su primer disco, Inventario, entregado en 1987, la identidad de Sabina es clara. Él aspira profundo su cigarrillo y, como mirándose a sí mismo a través del humo, declara: “La izquierda de este país (España), a la que orgullosamente he pertenecido y creo pertenecer, debiera pedir perdón por su complacencia con ETA durante muchos años. Yo tuve en mi casa de Londres a etarras y era una gente encantadora que pegaban tiros en la nuca, algo que nos parecía una cosa muy graciosa en ese momento. Y hacíamos mal. Porque de aquellos polvos vinieron estos lodos…”.


Veinte años después de aquel primer álbum hizo Enemigos íntimos, junto con el argentino Rodolfo “Fito” Páez. El choque de egos creativos resultó tan complejo que los enemistó hasta la fecha. En uno de los temas “Fito” canta “Joaquín Sabina no sabe cantar… Llueve sobre mojado..”. El músico Angelvis Gotera pide una fumadita: “Ambos trovan las mismas angustias, ese mismo dolor que siente un artista verdadero en este tiempo, de confusión”. “Hay demasiada hipocresía entre la gente y eso resulta un terrible enemigo para intentar ser feliz”, musita Sabina, con la mirada perdida en una reproducción de un cuadro de Joan Miró.

El suscrito continúa fumando con el colaborador de la revista Interviú (donde suele publicar sus sonetos). El colega periodista, Javier Menéndez Flores, lleva publicados sendos libros sobre dicho sonetista, titulados Sabina en carne viva. Yo también sé jugarme la boca y Perdonen la tristeza. Resulta claro que el sarcasmo, la ironía y el humor (en todas sus revelaciones) forman parte de la poética Sabina: “En la 69 punto G / tiene el corazón una oficina /donde don Nadie gana al ajedrez / y los adivinos adivinan / y los aladinos aladinan / y de propina, /imagínate…”.

Lujo imaginar compartir una fumada con Sabina. El andaluz de Jaén lleva en la sangre el compromiso. Alumno de Carmelitas y Salesianos, hijo de policía, la rebeldía reverberó siempre en el retrato del poeta adolescente. En 1970. Junto con Luis Eduardo Aute y Carlos Cano, militando con la revista Poesía 70, lanzó un contel molotov con el Banco de Bilbao, en Granada, en repudio al llamado Proceso de Burgos. Entonces tiene que huir, al exilio, y llega a Londres, donde ha de recibir una influencia decisiva para su música.

¿La música de Joaquín Sabina? Pues representa una magnífica mixtura sonora, alimentada por diversas corrientes culturales, algunas esencialmente populares, vamos, desde el Cante Hondo, pasando por la chirigota gaditana, o el mambo, oigamos también láminas acústicas con desgarros de Chavela Vargas, o de timbres de la calle corriente.
Menéndez Flores tiene su tabaco en la mano: “(Sabina) lo tiene todo muy ordenado por álbumes, por fechas, por meses, por etapas. Y yo estuve durante dos meses accediendo a toda esa información, lo que ha hecho que mi visión de Joaquín sea más objetiva. Porque al margen de que haya una simpatía clara hacia él, yo he querido ser objetivo dando datos que se han publicado en medios de todo el mundo. Y es solo al final cuando aventuro mi simpatía hacia Joaquín y hago un análisis más literario del personaje; pero siempre partiendo de las mismas premisas, que él es un triunfador, y que es un artista de consenso”.


El incidente isquémico que sufrió en 2001, del cual emergió milagrosamente ileso, sin secuelas, propició una nueva etapa en la vida y obra de Sabina. Al transformarse en una figura pública, todo su quehacer se convirtió en producto de consumo público (el filósofo marxista Walter Benjamin dixit). Los ojos de Sabina exploran en la memoria aquellos tiempos mozos, cuando con su banda (la primera) Merry Youngs, tocaban los clásicos del rock and roll. La cita de Benjamin tiene pertinencia. En Londres, para 1973, trabaja con un grupo de teatro, “Juan Panero”, donde montan con preferencia las obras del dramaturgo marxista, Bértolt Brecht, así como las nuevas tendencias, amén de obras de algunos poetas malditos.

Entre las volutas de humo, Sabina desanda en sus recuerdos. En 1975 “maté un tigre que resultó ser una hermosura de Bengala”. En un local llamado “Mexicano-Taberna” actuó ante un público díscolo, entre el cual figuraba George Harrison, el exbeatle, quien, bendito sea el azar concurrente, estaba allí celebrando en aquel momento, su cumpleaños. Loas y aplausos para el chico de Jaén, quien recibió cinco libras de propina. Al año siguiente forma parte de la colonia de sus compatriotas exiliados, donde aparecen Paco Ibáñez, Elisa Serna, Luis Llatch y Pi de la Serra. Entonces le sale un “tigre mayor”, cuando la BBC le contrata para que hiciera la banda sonora de la serie “La última cruzada”. Sabina fuma. Nosotros, tal vez. En Ciudad Sabina.com Joaquín espera.

“¿Quién envenena las palabras? ¿Quién truca el dado del parchís? ¿Quién me asesina por la espalda? ¿Quién llora si me ve reír? ¿Quién va desnudo a la oficina? ¿Quién contamina mi jardín? ¿Quién ha inventado la rutina? ¿Quién coño me ha robado el mes de abril?...”. Después, disfrutando una bocanada, revela: “He tenido mucho éxito, completamente inesperado en mi oficio. Y todas las mañanas me arrodillo, me doy cabezazos contra el suelo y doy gracias a Dios por haberme permitido estafar a la gente durante tantos años.... pero por dentro soy melancólico, pesimista... y eso no tiene arreglo”. Pensemos en un tris de silencio, fumemos con Joaquín…

Activista lúcido, quien trabajó por el referendo para que España no ingresara a la Otan. “Si te he visto no me acuerdo” es una clara alusión a su distanciamiento con el gobierno de la transición democrática española. El fluido y constante intercambio epistolar con el líder mexicano, Subcomandante Marcos, así como su apoyo presencial y artístico, reportan un compromiso de alto valor ideológico y político.

En el nuevo milenio, tras superar el hándicap de salud, Sabina hace, en 2007, Dos pájaros de un tiro, un trabajo memorable al lado del maestro catalán Joan Manuel Serrat, con quien, en 2012 hace otra cosa magistral, llamada La orquesta del Titanic. Un año antes, con La Habana canta a Sabina, los músicos cubanos rinden un homenaje a nuestro gentil compañero del humo.

“Madrid siempre está en el alma de Sabina”, apunta un notable fumador, Fernando Asián, artista plástico “madrileño-maracucho”. En Sabina, trabajar con artistas de distinta fuente y vena creadora, solidifica su condición de maestro. Aunque tal vez eso no le guste. Antes de apagar la colilla y recomendar encarecidamente a la gente que no fume, Joaquín se lanza en slalom por la cola de la noche: “Lágrimas de sangre me ha costado escribir. Esa ceremonia del flexo por la noche, a las cinco de la mañana, un cigarrito, un whiskicito y antes, lo digo con nostalgia, una rayita, me ayudaba mucho. Eso está atrás totalmente ahora”.

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