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REPORTAJE// El cielo existe para un CIENTÍFICO
Agencias
martes 14 de enero de 2014 09:52 AM
Marielys Zambrano Lozada / marielyszambrano@hotmail.com

El neurocirujano Eben Alexander estuvo siete días en coma y asegura que viajó al Paraíso. Él está vivo de milagro. Causó impresión cuando su cerebro despertó sin lesiones por meningitis. Ninguno de sus 160 escritos de medicina desató la locura como el libro donde cuenta el episodio. En febrero, el texto saldrá en español.

Marielys Zambrano Lozada    

El neurocirujano Eben Alexander Alexander (Carolina del Norte, 1953) siempre le buscó explicaciones científicas a los relatos del más allá que suelen ocurrirle a personas que experimentan muertes clínicas. Se los atribuía a ilusiones del cerebro por sinapsis, entendiéndose el término médico como la relación funcional de contacto entre las terminaciones de las células nerviosas; o se las atribuía a reducciones a la cantidad de oxígeno que hacían reaccionar al cerebro de esa forma; o a una respuesta del delicado órgano sometido a estrés; entre otros argumentos.

Como científico él siempre le buscaba la explicación lógica y consideraba incorrectos esos “cuentos viajeros”.

Lo que asombró al especialista es que en su caso no había ningún estrés cerebral, porque simplemente estaba sin actividad alguna, totalmente muerto producto de una meningitis bacteriana que lo sacudió y mantuvo en coma por siete días.

Todo le comenzó muy temprano, en el otoño de 2008, cuando se despertó con fuerte dolor de cabeza. Los detalles iniciales del episodio los narró a la revista Newsweek, uno de los tantos medios de comunicación norteamericanos que se acercaron a conocerlos. Ahora millones de lectores tienen acceso a su experiencia porque creó una página web y escribió un libro que salió publicado en el 2012, titulado “Prueba del Paraíso. El viaje de un neurocirujano al más allá”; el que ya pasó a ser el best seller más vendido en estos momentos en Estados Unidos según reseña el New York Times. Por eso, desde entonces, la historia del doctor se convirtió en noticia.

Cuando su cerebro se invadió con la meningitis comenzó la abrupta muerte cerebral. “En cuestión de horas, mi corteza entera —toda la parte del cerebro que controla el pensamiento y la emoción, y que en esencia nos hace humanos— se había apagado. Los médicos del Hospital General de Lynchburg en Virginia, un hospital donde yo mismo trabajaba como neurocirujano, determinaron que de alguna manera había contraído una meningitis bacteriana muy poco frecuente que ataca sobre todo a los recién nacidos. Bacterias de escherichia coli habían penetrado en mi líquido cefalorraquídeo y estaban comiendo mi cerebro”, contó a la revista.

Acto seguido le siguió un coma profundo por siete días. Los galenos tratantes estaban absortos por la pérdida en puertas de un flamante médico, académico, que por 20 años enseñó en la Escuela de Medicina de Harvard. Ahora, tenían el cuerpo inerte de un hombre cuyo diagnóstico era desolador: 2% de salir con vida de la enfermedad y 0% de posibilidades de recuperarse. Resumiendo, la esperanza para él de vivir era casi nula y, si lograba aguantarlo, sería un vegetal.

Con ese cuadro, el séptimo día del coma, sus médicos debatían desesperanzados junto a un cuerpo ido, entubado en la camilla del hospital.

“¿Qué hacer con el colega?”, evaluaban mientras conseguían como opción retirarle los antibióticos porque nada hacían ya. La agresividad bacteriana le había dejado el cerebro muerto, un ataque considerado como uno de los modelos más eficientes de muerte humana porque destruye la superficie exterior, justo donde sucede la conciencia.

Y cual película de terror, Alexander abrió los ojos súbitamente delante de ellos en ese preciso instante. Algo insólito. Un verdadero milagro. Sobrevivió y trajo cosas que contar.

Durante ese tiempo viajó. Vio una luz clara y pura de la que salían filamentos y escuchaba una melodía perfecta. La luz lo condujo a un valle, muy verde, exhuberante. Cuando él se miró era como una especie de gusano volando en el ala de una mariposa. Voló sobre bosques bellos, había nubes, vio aldeanos bailando. Después entendería que esos seres eran las almas. En ese mundo todos estaban de júbilo, había niños que saltaban, jugaban. Un espacio con muchas características terrenales, pero, era un reino absolutamente perfecto y bello.

El experimentado galeno estuvo acompañado en el viaje por una mujer, muy joven, de la cual recuerda su rostro con ojos azules, brillantes, pómulos altos. Ella nunca le habló en palabras, pero tenía una manera distinta de comunicarse: sus pensamientos entraban directamente a su cabeza. El mensaje que le dio fue: “Ustedes son amados y apreciados, muchísimo, y para siempre”. Y a él le dijo: “No tienes nada que temer. Te mostraremos muchas aquí, aunque, eventualmente tendrás que regresar”.

Alexander vio otros seres, superiores, al que luego llamó ángeles. Escuchó una música sumamente perfecta en tonos, en canto, semejante a himnos y coros, que salía de esos seres brillantes.

Describió que en ese reino no se veía con los ojos ni se escuchaba con los oídos. Los coros de fondo servían como transición a otro reino. Y la escena única donde estaba que lo mantenía maravillado, absorto, cambió luego al entrar a un círculo, negro, que daba paso a una esfera muy brillante, tanto, que semejaba juntar a más de un millón de estrellas. Allí escuchó un sonido penetrante, algo semejante a un “ohm” extendido.

Esa estampa demasiado poderosa e indescriptible a detalle, pero que podía entender que era el núcleo de todo, supone Alexander debe ser Dios, o Alah, o Jehová. Al galeno le ha costado conseguir palabras para describir con exactitud todo lo que vio de ese supremo gigante. Mas sin embargo, en su afán por tratar de describirlo a plenitud, tuvo que rendirse. Lo único que con atino resumió de Él fue: “la palabra humana falla miserablemente al tratar de describir el asombroso poder de la Deidad”.

¿Una alucinación lo que vivió en ese mundo fantástico? No, aunque ciertamente las tuvo luego, propias de un proceso de recuperación de la conciencia inactiva. Pero lo vivido en ese mundo era otra cosa. Fue real. Ya recuperado —al volver del coma no recordaba lo que había vivido en 20 años de neurocirugía académica, su lenguaje regresó días después y su conocimiento de ciencia volvió seis semanas luego—, revisó a detalle todos sus registros médicos, los escaneos cerebrales, tratando de explicar el fenómeno que contaba con insistencia a familia, médicos y amigos. “Tú tenías meningitis y esos pacientes no regresan con historias que contar”, le decían sus colegas.

Por eso trataba de buscarle una explicación científica que no encontró. Aún así, le tomó meses admitir que eso no había sucedido en su cerebro muerto.

Alexander, con una hoja de vida extenuante para leer porque está repleta de méritos académicos y profesionales, donde destaca que fue profesor de la Universidad de Harvard; ha tenido entrenamiento post doctoral en la Universidad de Carolina del Norte, la Duke University School of Medicine, el Hospital General de Massachusetts y el Hospital de New Castle en Inglaterra; ha tenido 18 nombramientos académicos y hospitalarios como instructor, consultor, director y asistente en tales hospitales y otros centros de investigación de neurocirugía; ha ocupado más de 150 posiciones profesionales desde 1978 hasta la actualidad como orador, profesor visitante, panelista, moderador de simposios de neurocirugía en Estados Unidos, Alemania, la Unión Soviética, Suecia, Austria, Australia, Nueva Zelanda, Grecia, Canadá, México, Singapur, China, Brasil, España, Corea del Sur, Japón, Hong Kong, India, Francia, los países bajos y Egipto; ha sido miembro de 31 comités y sociedades profesionales; ha gozado de nueve reconocimientos en el que destaca ser parte de la lista de los mejores doctores de América región norte; ha escrito 97 publicaciones de medicina, colaborado en 57 artículos y capítulos de libros y ayudado en otros seis libros y suplementos; entre otros atinos; simplemente debió colgarlos a un lado para aceptar que Dios lo tocó y le mostró un pedacito de Su grandeza. Esa que ahora cuenta con afán y lo volvió famoso al mundo. Con rostro sencillo, y sin importar su carrera brillante, se rindió a los pies del Altísimo. “La conciencia es el misterio más profundo del universo. Explicar el mundo solo a través de la ciencia es superficial. La ciencia no puede explicar el mundo si no la acompaña la espiritualidad”.

 

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