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Maracaibo de poetas
viernes 06 de septiembre de 2013 09:30 AM
Ramón Alberto Escalante / Abogado y politólogo / raescalante@hotmail.com

Ramón Alberto Escalante / Abogado y politólogo  

Acción Democrática tenía entre muchos otros a Andrés Eloy Blanco y Jesús Enrique Lossada, digo muchos otros porque, incluso, el gobernador del Zulia, Eloy Párraga era un poeta sensible y sentido. Copei tenía a Edecio La Riva, monseñor Carlos Sánchez Espejo y mil más de una a otra generación. En el medinismo había estado Antonio Arráiz, pero toda su dirigencia constituía una humanista “ala luminosa”. Aún en el perezjimenismo había participado un grupo brillante de poetas, empezando por Manuel Felipe Rugeles.

Los máximos referentes de la vida pública venezolana eran poetas, como el educador Luis Beltrán Prieto Figueroa, máxima figura de la izquierda en su época o Arturo Uslar Pietri, empresario, representante de la derecha culta, pero poeta desde su juventud. Pudimos tener incluso un presidente-poeta en Alirio Ugarte Pelayo, pero el caudillismo y la depresión lo mataron muy tempranamente.

En ese tiempo idílico, la poesía impregnaba la vida social de la nación y de cada pueblo. Cualquier fiesta incluía un recital de poesía, cualquier “pulpero” (dependiente de abasto) tenía a la mano un poemario, en las reuniones escolares se premiaban a los mejores declamadores y la radio y prensa desbordaban versos en cada edición.

Una de las ciudades más cultas de Latinoamérica era entonces Maracaibo, porque tuvo una élite imbuida de poesía. Los médicos y militares, los dramaturgos y políticos, los empresarios y comerciantes, todos eran aficionados a la poesía. Parece mentira que hayan coexistido en un mismo período figuras como Udón Pérez, Marcial Hernández y Elías Sánchez Rubio, pero ellos fueron consecuencia de un convencionalismo social, de un modo de vida.

Maracaibo operaba como un gigantesco ateneo: los periódicos y programas radiales contenían inmensas secciones poéticas, los consultorios médicos y los bufetes de abogados se trocaban por las tardes en peñas literarias, se convocaban certámenes, y pululaban escuelas y tendencias, incluso una cuantiosa actividad editorial. La gente se enamoraba declamando versos y los bardos vivían su biografía a ritmo de poesía. Como José Ramón Yepes ahogado en el mismo lago que lo abrumó, Ismael Urdaneta que no sobrevivió a la depresión elegíaca, y más contemporáneamente: César David Rincón embriagado por la nostalgia o Atilio Storey inmolado en su dilema existencial.

La poesía es entre las actividades humanas una de las más profundamente espirituales. Solo almas sensibles, mortificadas o alucinadas logran componer poesía. De hecho, hay poesía en la música y toda canción es poética, hay poesía en la escultura, en la pintura, en el teatro, hasta en los finos movimientos de la danza y los desfiles acuáticos.

Esta semana se han reunido los poetas en el Zulia y este Segundo Festival Marabino es como una convocatoria para reedificar al pueblo desde sus cimientos. Un pueblo es tanto más civilizado cuanta más poesía cultive, más se declame, más versos se publiquen. La banalización absoluta impuesta de este tiempo materialista comenzó matando a la poesía, que no cabe en tuits, ahora la tienen por fastidiosa y demodé y ha quedado progresivamente proscrita en la comunicación de masas.

Para reencontrar el camino de la grandeza nacional, hay que volver a la poesía. Encumbrarla, entronizarla, masificarla. Que los niños desde el kinder tengan recitales y se obliguen a memorizar. La poesía puede quitarle lo chabacano al humor criollo, puede mejorar la oratoria, puede recrear el discurso, construir la tolerancia, fortalecer el humanismo frente al materialismo de derecha o de izquierda. Es menester que los hombres de poder: gobernantes, políticos, magnates, empresarios, comerciantes y comunicadores, lean y piensen en versos, no solo en prosa.

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