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Padre Vílchez: Sufro cuando alguien no se sabe los mandamientos: ESPECIAL
viernes 30 de agosto de 2013 07:00 PM
Ítala Liendo/P. Quiñonez / Maracaibo

La tarde de este viernes, y a la edad de 89 años, falleció el sacerdote Luis Guillermo Vílchez, más conocido en la colectividad zuliana como el Padre Vílchez.

En junio de 2012 fue hospitalizado de emergencia tras presentar una disnea (dificultad para respirar). En esa oportunidad se le practicó un teletorax y rayos X, que evidenció una neumonía bilateral.

 


Su legado


A los nueve años decidió ser sacerdote. Llegó al municipio sureño hace 51 años. Por permanecer cinco décadas en la misma parroquia, el Vaticano le confirió el título de monseñor y capellán de Su Santidad. “Dios me quiere para algo más”, afirma.

Es domingo. Una caimanera de béisbol se juega al sur de Maracaibo. Las gradas están llenas. Las bases también para fortuna del equipo Doble Punto, ahora frente al bate. La novena contraria sabe que el hombre no es bueno con el madero y el manager manda a los defensivos hacia delante.

 

“¿No me váis a cambiar?”, pregunta el jugador al manager. “No padre, batee”, le contestan. Para sorpresa de muchos, le dio durísimo a la pelota. Empujó las tres carreras y quedó en tercera. “Doble Punto” ganó. El beisbolista que afinó la victoria es Luis Guillermo Vílchez Soto, el mismo que de vuelta al dogout viste de nuevo la sotana que lo identifica como párroco de San Francisco desde hacía unos 12 meses. Corre el año 1952.

El padre Núñez, de Los Puertos de Altagracia ha vuelto a El Caimito, como lo hace cada 16 de julio. Acaba de oficiar la única misa que escuchan las 20 familias del sector y camina hacia el Lago. Bajo una mata de cacaíto imparte la catequesis a los niños y uno de ellos, Luis Guillermo, le dice: “Yo quisiera dar catequesis así como usted la ha dado hoy”. Núñez responde: “Para hacerlo tienes que ser sacerdote”. “Yo quiero ser sacerdote”, decidió a los nueve años el hijo de Desiderio Vílchez y Josefina Soto.

Luis Guillermo Vílchez Soto, el popular padre Vílchez, cumplió recientemente 88 años. Fue el 24 de abril de 1924 cuando en los terrenos, donde se encuentra la Petroquímica El Tablazo, lo parió Josefina. Su cédula indica, erróneamente, que el nacimiento ocurrió el 25. El Caimito, situado hoy a 45 minutos de Maracaibo, era un pueblo pobre que vivía de la pesca. La pareja Vílchez Soto procreó 13 hijos. Al padre Vílchez sólo le queda un hermano, José Jesús, afectado por el mal de Parkinson.

La conversación entre Núñez y aquel niño llegó a oídos de la maestra Josefa de Bull, quien daba clases en El Aceituno, pueblo vecino de El Caimito.

“Ella sin consultarle a mis padres comenzó a hacer las diligencias para que yo ingresara al seminario de Bella Vista. Gestionó el ingreso, me compró ropa, buscó la cama... cuando tuvo todo listo le dijo a papá: 'Sr. Desiderio, el próximo 27 de septiembre llevaremos a Luisito al seminario de Maracaibo'.

A papá le gustó la idea. Mamá se mostró indiferente. Pensaba que yo no podía ser cura si no había dinero”, recuerda Vílchez.

A Isla de Toas

Todo un revuelo causó entre la comunidad el viaje de Luis a Maracaibo. Sus familiares y unas 50 personas, montadas en canoas, hicieron la travesía entre Miranda y Capitán Chico, en El Milagro; para acompañarlo en su llegada al seminario, registrada el 27 de septiembre de 1937.

 

“Sufrí mucho las dos primeras semanas porque le echaba de menos a mi gente y a mis amigos, con quienes andaba de la ceca a la meca”, señala.

Con la ayuda de los superiores, hermanos legos y 11 aspirantes a cura pronto se acopló. A El Caimito viajaba un día cada dos semanas. Desiderio no pudo verlo como sacerdote. Murió de apendicitis a los 45 años. La ordenación, presidida por el obispo Marcos S. Godoy, ocurrió el 5 de diciembre de 1948 en la Catedral.

Frente a sus paisanos mirandinos y en el Día de la Virgen de Altagracia ofició su primera misa el 26 de diciembre de ese año. A su regreso a Maracaibo, monseñor Godoy lo invitó a celebrar la Semana Santa en Isla de Toas. “No lo diga como sugerencia. Impóngalo, mándeme para allá”, contestó.

Francisco Gotera, amigo del padre, escribió en PANORAMA: “En la isla fundó dos clubes de béisbol: el Círculo Rojo y el Inca y uno de baloncesto. Cambiaba la sotana por el pantalón y la franela y se subía a la lomita para dar lecciones de pitcheo”.

Vílchez halló “un desierto” en Isla de Toas. El templo estaba casi en ruinas y la comunidad necesitaba un párroco.

“Faltaban recursos para quedarme y las 50 familias que allí vivían se multaron con cinco bolívares semanalmente para mi sustento. En ese momento”, afirma, “entendí que el sacerdote debe buscar sus propios medios. Por eso fui hasta el Concejo Municipal de El Moján, Castillo de San Carlos y la Gobernación para exponer la situación y conseguí que me asignaran, cada uno, 300 bolívares al mes... Reuní a los isleños y les dije no se multen más”.

Se considera un cura sortario, “amparado en la providencia de Dios, para que no hubiese obstáculo humano para emprender mi labor”.

El socio

“El padre Vílchez es muy afable, es un creador de muchas cosas en San Francisco. Lo primero que hizo al llegar aquí fue congregar a la gente y recolectar para levantar la iglesia, pues la componían dos cuarticos”.

Quien así se expresa es Enrique Quiroz, quien entró a los 6 años al conjunto Los Zagalines.

“Él consiguió calles, levantó el primer liceo de la zona, fundó equipos de béisbol y agrupaciones gaiteras. Es muy familiar, fuerte de carácter, por su condición de sacerdote, y muy ordenado. Me trató como si fuera mi padre... fue un maestro”, añade.

Quiroz imita desde niño al padre. “Hablo como él, aprendí las gesticulaciones y sus palabras clave. Lo hago con permiso de él”. Vílchez nunca lo ha regañado y asegura: “Siento satisfacción cuando lo escucho, él mantiene vivo a este servidor en la radio y en la gaita”.

Un telegrama recibido en Isla de Toas en 1953 le anunciaba el cambio de parroquia. Ya en la Curia el obispo le expresó: Padre Vílchez, usted le hace falta a San Francisco. “¿Y quién soy yo para hacerle falta a un pueblo?”, preguntó el prelado. Éste respondió: El tiempo lo dirá.

Tres lanchitas (en una venían sus pertenencias) atracaron el 23 de junio en la localidad sureña. Nuevamente lo acompañaban parientes y allegados. “Seis horas después de haberme presentado como el nuevo párroco un joven me entregó guantes, pelotas y material deportivo para que me hiciera cargo del equipo de béisbol llamado Doble Punto”.

“En el mundo sacerdotal soy casi una excepción. Nunca hubo peros. Yo daba misa y al finalizar agarraba mi bicicleta Railaing y llegaba al dogout. Guindaba la sotana y vestía mi uniforme. Fui pitcher, centerfield, primera base y receptor”, cuenta Vílchez, seguidor de Leones del Caracas y Yanquis de Nueva York.

Lo llaman “Socio” desde que dio una charla sobre la importancia de asociarse en organizaciones vecinales, empresariales, etc. Las instituciones que ha creado aunque no llevan su nombre tienen su apellido. Por eso se habla del templo y del liceo del padre Vílchez, cuando en realidad es la iglesia al Santísimo Cristo y la U.E. San Francisco, respectivamente.

Afirma que en la zona que lo adoptó como un hijo hace 51 años aprendió sobre la cacería. “Yo pasaba hasta tres días en los montes de Perijá y Falcón cazando, regresaba cargado de conejos, llegué a cazar seis venados”.

Su desempeño durante 50 años en una misma parroquia fue reconocido por el Vaticano. Juan Pablo II le confirió los títulos de monseñor y de capellán del Papa.

Dice haber asumido el sacerdocio con responsabilidad misionera. “Sufro cuando alguien no se sabe los mandamientos ni los sacramentos”.

Señala: “No he recibido presiones políticas ni he enfrentado denuncias sobre malversación, corrupción o abuso. Dios me ha salvado de eso. Mi conciencia está tranquila”.

Sobre la pedofilia opina: “Es castigable. Quien incurra en esa acción debe ser destituido de la Iglesia. Eso no se puede amparar”.

El gaitero

Se confiesa un apasionado de la gaita. Daniel Méndez perteneció a Los Zagalines y a Los Zagales. “El padre es un maestro nato, estricto, pero le agradezco sus exigencias pues me enseñaron mucho. En San Francisco falta gente como él, con visión de futuro”.

Vílchez compuso gaitas. “100 años de amor y atención” lo dedicó a su madre, conocida como Ma' Vieja, quien murió a los 112 años.

Defiende la gaita tradicional, la del cuatro, furro, maracas, tambora y charrasca. “A este género musical lo han destrozado”, critica.

La primera agrupación gaitera que formó fue el Conjunto San Francisco, luego vinieron Los Zagalines, Los Zagales y Las Espiguitas. Con Los Zagales viajó a Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Estados Unidos, Colombia y Perú.

Según muchos médicos, sostiene Vílchez, “ya debería estar muerto, pero Dios me quiere para algo más. Falta el broche de oro de mi sacerdocio que consiste en hacerle un último favor a la gaita: Quiero crear un nuevo conjunto sólo con tres varones y dos hembras. Deben cantar como ángeles. El grupo se llamará Los serafines de la gaita”.

Expone que obtuvo buenas calificaciones en el seminario. En el examen final de teología pastoral prometió “divulgar el Evangelio, fortalecer el deporte y hacer buen uso de los medios de comunicación”. Hoy se recuerdan sus programas Catacumba (Nctv) y El Zulia a través del tiempo (La Voz de la Fe).

“No estoy retirado de la parroquia, sólo descanso”, esgrime. A sus 80 años confiesa: “Después de estar con tantos deportistas y gaiteros me siento más solo que nunca. Sólo los hijos y nietos de José Jesús me alivian la nostalgia, ellos me llaman tío Luis”.

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