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CRÓNICA// LA COTORRERA entre corotos
Eduardo Semprún
jueves 08 de agosto de 2013 09:30 AM
Maidolis Ramones Servet / panored@panodi.com

 En la avenida El Milagro de Maracaibo se venden desde finas piezas antiguas hasta peluches desmechados, todo tiene su lugar y la mayoría de las veces siempre hay alguien interesado en llevárselo. En buen estado, deteriorados, nuevos o usados, una vez a la semana, se exhibe todo tipo de mercancía.

Maidolis Ramones Servet   

 

Es sábado. Ya pasan las 4:00 de la madrugada y faltan unas dos horas para que el ardiente sol que caracteriza a la capital zuliana comience apenas a dar sus primeras señales. Sin embargo, en la avenida 2 El Milagro hay bullicio. Los vendedores ya empiezan a convertir el Complejo Deportivo Cotorrera en el Mercado de los Corotos, uno de los lugares más populares de Maracaibo.

Si alguien cree que a estas alturas no hay ningún objeto que pueda costar cinco bolívares, definitivamente es porque no ha ido a visitar “La Cotorrera”, como se le conoce al folclórico mercado que se abre todos las semanas y, desde hace un mes, pasó de realizarse los domingos a los sábados.

Entre la oscuridad, el sueño y el agite, los vendedores deben estar muy pendientes, porque apenas empiezan a sacar la mercancía, llegan compradores y hasta revendedores a meter mano. “Casi me vuelvo loca. La gente preguntando aquí y allá, y uno sin experiencia. No sabe si se llevaron una cosa. Yo vine a vender la ropa que ya no le queda a mi hijo y algunos juguetes. Está todo prácticamente nuevo, pero el estrés es grande, porque en cualquier despiste te pueden quitar algo sin pagarlo”, describe Izmir Berrueta, de 35 años.

Así que por defender sus corotos, muchos optan por dejar lo que llaman el glamur en la entrada del mercado. Ahí mismo, donde dice que se reserva el derecho de admisión. “Meta la mano, si no está en diez es porque se lo dejamos a cinco”, grita un vendedor de juguetes a todo pulmón, ya cuando son las 7:00 de la mañana y los compradores van llegando de la calle a plenar el sitio. Algunos por curiosidad y otros dispuestos a comprar, a veces artículos que vieron la semana pasada o que algún amigo les comentó que los había.

¿Qué se consigue en La Cotorrera? Mejor habría que preguntarse qué es lo que no se consigue, pues desde finas piezas antiguas, hasta peluches desmechados, todo tiene su lugar y la mayoría de las veces siempre hay alguien interesado en llevárselo.

En buen estado, deteriorados, nuevos o usados; en el sitio se encuentran libros, ropa, muebles, juguetes, bisutería, artículos de colección, carteras, zapatos, teléfonos, discos, juegos de video, electrodomésticos, sábanas, cunas, maquillaje, cuadros… En fin... Corotos.

“Vine a acompañar a mi esposa, pues quiso comprarse unas sábanas, pero terminé gastando dos mil bolívares, entre una cosa aquí y otra allá. Porque es inevitable recorrer todo el mercado. ¿Dónde vas a conseguir un televisor de 23 pulgadas en mil bolívares? Además me gusta el arte y adquirí unos cuadros realmente hermosos”, relató Fabián Urdaneta, marabino, de 52 años.

Dulce Pineda, una de las coordinadoras del mercado, que también se identifica como Asociación Cristiana de Jóvenes (Ymca, por sus siglas en inglés), señala que 40 personas se encargan de la organización de los vendedores desde que llegan. Se expenden entre 450 y 500 puestos semanales.

“Ya tenemos más de 20 años. Antes, funcionaba por el sector La Lago, en el Teatro Bellas Artes, pero luego nos pasamos para acá y, gracias a Dios nos ha ido bien. Esto siempre está lleno y comenzó con 15 puestos”, explica.

La idea no es única de Maracaibo, en países como Estados Unidos, España y Canadá son tradicionales los lugares donde la gente va a ganarse un dinero extra por cosas que ya no necesita, una actividad también conocida en el ámbito mundial como Flea Market (mercado de pulgas).

La camaradería se nota en el ambiente de quienes no son nuevos en el mercado. Muchos han hecho de La Cotorrera el negocio de su vida y han visto de todo lo que se puede ver donde muchos se meten a vender y otros más a comprar.

“Los días malos hago 500 bolívares y un día bueno me he llevado hasta Bs. 5.000. Uno ya se conoce. A veces nos avisan que estemos pilas que llegaron Las Pirañas (populares amigas de lo ajeno en Maracaibo) y ya uno sabe, aunque ahorita no se puede confiar en nadie. El otro día vino una viejita con su nieto y me robó un bolígrafo. No se me olvidó la cara. Después la volví a ver y el niño tenía un bulto. Ella llegó a preguntar precios a mi vecina de venta y me fijé que le pasaba las cosas al chamito y él las metía en el morral. Yo le dije al niño que devolviera todo y la señora se fue apenada ¿Cómo la propia abuela le va a enseñar a robar a su nieto?”, cuenta Silfrides García, quien ya tiene ocho años vendiendo en el lugar.

Las anécdotas no faltan en un mercado tan concurrido, entre ellas, los asiduos visitantes recuerdan la de una mujer que llegó con una maleta. Sacó una laptop y cuando le preguntaron en cuánto dijo que en 200 bolívares. El comprador prácticamente se la arrebató de las manos. Luego sacó un equipo de sonido y lo vendió por el mismo precio y así fue mostrando artículos hasta que vendió todo, incluyendo la maleta.

Ante la pregunta asombrada de uno de los presentes sobre por qué vendía todo eso tan barato, respondió tajante: “Usted no me dio plata a mí para comprar nada de lo que he vendido, por lo tanto no es problema suyo”. Sin embargo, como el ambiente es familiar, luego se desahogó diciendo que se había peleado con el marido, metió todas sus cosas en una maleta y se fue a deshacer de ellas en el Mercado de los Corotos.

Por 80 bolívares que cuesta el puesto, Pablo Herrera, de 63 años, se arriesga desde hace una década a vender su mercancía: cauchos, destornilladores, candados y variados objetos relacionados con la ferretería: “Hay días buenos y malos, pero aquí me gano la vida. La gente ya me conoce y los clientes me buscan cuando necesitan algo de lo que vendo. Aunque desde que pasaron el mercado a los sábados, las compras han mermado. Mucha gente solo está libre los domingos”, dice.

Así como Herrera, Janeth Urdaneta, tiene 20 de sus 50 años acudiendo cada semana al Mercado de los Corotos. Inciensos, juguetes y especias para comida se ven expuestos en su puesto de venta, cuyas ganancias, asegura, le han permitido criar y graduar a sus tres hijas. El regateo es una herramienta que siempre acompaña a la clientela y para la que deben estar preparados los vendedores. Aunque parezca que no se puede conseguir nada más barato, todo el mundo quiere regatear.

“No he hecho nada hoy. Imagínate, unas camisas que son originales, prácticamente nuevas que me dio mi sobrino, las vendo en 20 bolívares y nadie se ha acercado. Las quieren más baratas. A esta hora (10:00 am) ni siquiera he recuperado los 80 bolívares del puesto”, se lamenta Francisca Ochoa, de 71 años.

A diferencia de Francisca, David Molera, coleccionista de artículos deportivos; y Jesús Blanco, aficionado a las antigüedades, nunca se van con las manos vacías. Los clientes los buscan, a veces para comprarles y otras para venderles. “Yo vendo barajitas de béisbol, pelotas autografiadas, gorras y hasta artesanías relacionadas con el deporte que yo mismo hago”, cuenta Molera.

Jesús, por su parte, se dedica junto con un amigo, a vender y comprar objetos lujosos, cristalería, plata y antigüedades: “Hemos salido de aquí hasta con 12 mil bolívares”, asegura.

El sol, el calor y la multitud de negociantes no impiden que el mercado deje de verse como un hormiguero de gente, regateando aquí, comprando por allá y curioseando más adelante. Si el hambre los ataca también hay venta de comida. Todo listo como para que nadie se vaya sin nada en las manos.

Los compradores “fuertes” llegan en la mañana. Ya a las 10:30 am. muchos vendedores están cansados y comienzan, prácticamente, a regalar los corotos, pero también a esa hora ya lo mejor se lo han llevado. La Cotorrera la clasifican en varias partes: terraza, que queda en un primer piso; entrada, que está abajo; piscina, cantina, comida, parques y bancas. Todo depende de la hora en la que llegue o la preferencia de quien alquila el puesto.

La ropa que no se vende, en su mayoría, queda sucia de todas las personas que han querido “verificar” su calidad con las manos. Toca lavarla para la próxima oportunidad. En 50 bolívares se puede conseguir un buen jean y en 20 bolívares una camisa y hasta un vestido, que incluso puede ser de novia. Total, ahí la mayoría lleva lo que no piensa usar más.

Aunque el mercado tiene un horario establecido hasta las 2:00 de la tarde, ya al mediodía los puestos empiezan a despoblarse. Algunos están contentos de la venta y otros no tanto. El bullicio de La Cotorrera merma. Maracaibo, la ciudad del sol amada, ya recibe sus rayos más implacablemente. El negocio está cerrando. La cita es para el próximo sábado, cuando vendedores y compradores volverán a hacer del Complejo La Cotorrera un mercado para los corotos.

 

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