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Política y Economía
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FOTOS: Reina el dolor en Sabaneta de Barinas
jueves 07 de marzo de 2013 03:00 PM
Jesús Rivero / Sabaneta de Barinas

El dolor recorre cada una de las calles del pueblo llanero. En cada una de las esquinas de Sabaneta de Barinas una mujer llora, un hombre contiene las lágrimas o un anciano dibuja en el aire una cruz delante del rostro sonriente del presidente Hugo Chávez.


FOTOS: LEONEL SANDREA

Desde la tarde del pasado martes, la bruma llanera parece no dar tregua al férreo orgullo llanero. La fatalidad de la noticia dada en cadena nacional los mantiene absortos en sus pensamientos, en los recuerdos del flaco que recorría las polvorientas calles para jugar con sus primos, en casa de la tía materna Brígida Frías y organizar un juego de pelotica de goma, béisbol o bolas criollas.

La plaza Bolívar de Sabaneta de Barinas está llena de pesar. Durante los dos últimos días es custodiada por efectivos militares, más que custodiar rinden honor al Comandante en Jefe cuya sonrisa aparece de nuevo en cuadros y fotos pegadas al pedestal que levanta la estatua del Libertador Simón Bolívar, entre las dos únicas calles que bordean el centro del pueblo que vio nacer a quien sus habitantes ya no lo consideraban suyo: “Huguito ya no nos pertenecía, era de toda Venezuela, era de Latinoamérica entera”, sentencia, con más orgullo que dolor, Nélida Frías, prima hermana de Hugo Chávez.

El patio donde se reúne la familia materna del comandante tiene muchas sillas, reflejo de la infinidad de encuentros celebrados aún antes de la fallida intentona golpista del 4 de febrero de 1992, evoca la tía Brígida: “Aquí mismo se reunieron los cinco comandantes. Aquí soñaron una Patria distinta a la que vivíamos antes de que Huguito llegara a la Presidencia. Aquí creció y jugó, aquí soñó una Venezuela distinta”.

A una cuadra de la vivienda está la plaza. La sombra de los árboles es insuficiente para resguardar del fuerte sol llanero la tristeza generalizada de los sabaneros.

Muchos se agolpan frente a los dos pequeños televisores dispuestos a un costado de la estatua pedestre de Bolívar para ver el río de chavistas que acompaña al hijo de Sabaneta hacia el hall de la Academia Militar en Caracas.

“Es una pesadilla. Queremos despertar y creer que nuestro Presidente sigue vivo, que sigue comandando esta batalla por la igualdad de los venezolanos, de los latinoamericanos...”, y Jesús Carpio, su vecino y amigo, no puede terminar de hablar.

Los pobladores visten camisas rojas, amarillas y azules —todas llevan estampada la mirada de Chávez en el pecho— y se acercan al improvisado altar al aire libre donde encienden velas y lloran. De a poco van llegando ofrendas florales de instituciones, escuelas, UBS o comanditos de toda Barinas que no pudieron asistir a las honras fúnebres dispuestas para el Jefe de Estado. El dolor invita a la reflexión de las enseñanzas dejadas.

“¡Chávez no ha muerto!” , afirma Telma Torres, su amiga de la infancia. “Vive en cada una de las personas que creemos en su ideal bolivariano y universal. Ese mismo dolor nos impulsa a seguir adelante para dar continuidad a su proyecto de Patria nueva, esa que germinó desde las calles de Sabaneta de Barinas y extendió por todo el continente”.

Frente a la plaza está la iglesia Nuestra Señora del Rosario, la misma que Chávez visitó posterior al indulto que le permitió regresar a su natal Sabaneta en 1994. Desde el martes pasado, día de su deceso, el templo permanece abierto las 24 horas del día para orar por el alma del comandante fallecido. En la iglesia está, ante la imagen del Cristo crucificado, un pendón en el que Hugo Rafael porta la banda presidencial.

Lourdes Matos reza entre sollozos. Apenas levanta la mirada para recordar a Chávez en alguna de sus alocuciones o en una de sus visitas al pueblo natal, como lo hacía en cada permiso que le otorgaban en sus tiempos de cadete.

“Sus fiestas no eran de licor o de bailar. Prefería la música llanera y jugar bolas criollas. Nunca lo vimos tomando porque su alma de deportista no se lo permitía. Por eso prefería hablar de Bolívar o de Martí”, refiere Rosario Frías, otra de sus tías.

La pérdida del líder se siente con mayor dolor en Sabaneta, acostumbrada a los mítines populares para la discusión del programa de Gobierno o a las ferias sociales que impulsó Hugo Chávez, incluso antes de llegar al poder. Para Luceida Gómez, una campesina de Caño Amarillo, la figura de Chávez permanecerá incólume en cada una de las calles del poblado: “Lo lloramos hoy y lo lloraremos por siempre, porque lo que hizo él no lo hará más nadie: darnos identidad y amor propio, por encima de todos los intereses extranjeros queda su idea y su amor por todos los venezolanos”.

Considera que ése es el principal legado que les deja su coterráneo fallecido: el amor por lo propio, lo que a su vez les invita, casi que les exige, mantener viva la imagen del comandante en jefe. Así se los hizo saber la última vez que visitó Sabaneta, durante el septiembre de la campaña electoral previa a su victoria por el tercer mandato constitucional, visita en la que lucía recuperado de las anteriores operaciones.

“La última vez que vino estaba fuerte, no lucía cansado. Recorrió todo el trayecto desde Barinas hasta el pueblo. Ahí fue cuando le cayó la primera lluvia. Aquí llegó emparamaíto, después se volvió a mojar en Caracas. Cosas del destino”, recuerda Brígida entre el desconsuelo de ver el cuerpo de su sobrino predilecto salir del Hospital Militar en una urna.
Sabaneta llora a su hijo, el más universal de todos. Pero en el pueblo llanero sus habitantes saben que Hugo Rafael, Huguito, permanece sembrado en sus corazones, en cada una de las palabras y pensamientos.

Por ahora solo esperan tener la oportunidad de cumplir lo que repitió varias veces, tal como lo recuerda Nélida: “Decía que no importaba en qué lugar muriera, pero que lo enterraran en su Sabaneta. Ahora eso no depende de nosotros, de su familia. Depende de una familia enorme que se llama Venezuela”.

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