Publicidad
Publicidad
A Fondo
  • Currently 1.00/5
Puntuación: 1.0/5
PERFIL// Pedro Estrada: el gendarme de la Seguridad Nacional
Ilustración: Rafael Añez
martes 05 de febrero de 2013 11:00 AM
Heilet Morales / hmorales@panorama.com.ve

Para unos el Chacal de Güiria, para otros simplemente Don Pedro, su solo nombre: Pedro de Alcántara Estrada Albornoz, infundía respeto, era de esos hombres que, incluso después de muerto, meten miedo.

De elegante vestir, acostumbraba trajes oscuros, pañuelo en el ojal, facciones “afrancesadas” y finos modales en el trato, especialmente con las mujeres, su apariencia distaba mucho de sus formas como cerebro de las torturas que su Seguridad Nacional aplicó en los años cincuenta, en la Venezuela de Marcos Pérez Jiménez.

Isabel Carmona de Serra hoy día preside Acción Democrática, en la década de los cincuenta fue una más de los cientos de adecos perseguidos por quienes ella define como “los esbirros de Pedro Estrada”.

“Lo conocí, su mirada parecía una lápida, inexpresiva, no transmitía nada, su ropa estaba impecable, sin una gota de la sangre que ordenó derramara en miles de venezolanos”, recuerda Carmona de Serra quien entró a la cárcel de San Carlos de Cojedes el 12 de octubre de 1951, “en medio de la resistencia de Acción Democrática”.

Estrada, uno de los personajes más celebres de un país que empezaba a abrir los ojos a la industrialización en los años cincuenta, reportaba directamente al dictador, pasando por encima de cualquier ministro de turno.

Con mano férrea, 822 venezolanos fueron enviados a la Guasina (suerte de campo de concentración de presos políticos en el delta del Orinoco) y miles a las cárceles de todo el país. Se instituyó la tortura y violación como métodos sistemáticos de interrogatorios.

El gendarme de la Seguridad Nacional, según testigos vivientes, mandaba a dar cuatro planazos, a detener, a colocar al apresado en la panela de hielo o ring de caucho y a pegar los cables eléctricos, como ilustró la novela Estefanía, de Julio César Mármol, a mediados de los ochenta.

Un cuarto de siglo después de abandonar el país, Estrada rompía el silencio desde su exilio en París con el periodista y escritor Agustín Blanco Muñoz: “Si yo te digo a ti que yo ordené o presencié eso te estaría diciendo una mentira. Y te voy a explicar por qué. (...) Siempre he aceptado, como jefe de la Seguridad Nacional, todas las acusaciones que se han hecho. A mí nunca me han oído decir: No eso lo hizo fulano de tal en Maturín o Mérida. Lo hizo la Seguridad Nacional, y por tanto, acepto la responsabilidad plena. Ahora, yo desafío, reto en Venezuela a quien diga que vio a Pedro Estrada ordenar que le pegaran, lo torturaran o que le hicieran tal o cual cosa”.

“Miles de venezolanos pasamos por la cárcel por resistirnos a un régimen ilegítimo”, interviene de nuevo Carmona de Serra, quien recuerda “las caballerizas con techos de zinc improvisadas con 40 grados de temperatura en la cárcel de San Carlos de Cojedes, donde éramos aisladas sin poder ver el mundo exterior y comiendo agua con pasta y plátano verde”.

La dirigente reivindica la lucha adeca de los cincuenta, década en la que los “blancos” pusieron los muertos. En manos de la Seguridad Nacional cayeron Leonardo Ruiz Pineda, Antonio Pinto Salinas, Luis Hurtado Higuera, y Alberto Carnevalli, y un larguísimo etcétera.

En la entrevista con Blanco Muñoz, el exhombre fuerte de Pérez Jiménez se defiende de las acusaciones adecas: “La violencia la inician ellos. La oposición la comienza el 12 de octubre de 1951. Eso es innegable. Ellos mismos lo han relatado con orgullo. Tú tomas el libro de Jorge Dáger (“En las trincheras de la resistencia: 1948-1958”) y verás cómo él se pinta allí como un Búffalo Bill, a quien le salían corriendo los hombres de la Seguridad Nacional cuando él sacaba su pistola 45. Son gente que sueña”.

Debido a la simpatía que tuvo con Estrada, el teniente coronel Carlos Delgado Chalbaud, nombró a Don Pedro agregado especial en la Embajada de Venezuela en Washington con la intención de establecer una red de espionaje entre los exiliados acciondemocratistas que conspiraban contra la Junta Militar de Gobierno liderada por Chalbaud, Pérez Jiménez y Luis Llovera Páez.

Mientras la resistencia adeco-copeyana-comunista de la época temblaba con solo escuchar su nombre, la Venezuela de la década presentaba los índices más bajos de inseguridad del continente americano, de la mano férrea de Estrada y su lugarteniente el negro Miguel Silvio Sanz, el hombre que entrompaba, el que interrogaba de traje y fumando un tabaco, contó hace un par de años el periodista argentino Carlos Lezama.

Al margen de lo que pensaran los políticos del “chacal de Güiria”, el imaginario popular tenía otra visión de su “eficiencia”. “Se podía dormir con las puertas abiertas”, interviene Manuel Finol, un zuliano que por aquellos días se levantaba a las 4 de la mañana para trabajar en el tráfico sin temer a la delincuencia.

“Esa vaina era jodida (la Seguridad Nacional) con denunciar bastaba para que le echaran mano al que fuera y a ver si regresaba”, recuerda el marabino de un país que dormía tranquilo, sin sobresaltos por la delincuencia.
Los venezolanos vivían en un país seguro que además entraba en desarrollo con la construcción de la Planta Siderúrgica del Orinoco, la Planta Hidroeléctrica del Caroní, la carretera El Dorado-Santa Elena de Uairén, el puente sobre el lago de Maracaibo, el edificio principal de la Zona Rental de la Ciudad Universitaria, el nuevo Hipódromo Nacional y muchísimas otras obras.

Los triunfadores escriben la historia, advierte el escritor Agustín Blanco Muñoz, autor del libro Pedro Estrada Habla, obra en la que se muestra al político detrás de la temible SN.

Lo entrevistó en los últimos años de su vida, tenía más de 70, cuando vivía en París. “Era un político, un hombre que conocía muy bien a Venezuela con una personalidad que generaba magnetismo, atracción, capacidad para comunicarse”, atributos que, a decir del escritor, lo ubicaron como el segundo abordo de un régimen que, paradójicamente, no tenía en Pérez Jiménez a su mejor comunicador, ni negociador.

Uno de los personajes que probablemente haya generado mayor centimetraje en la historia de este país es precisamente Estrada, reconoce Blanco Muñoz, quien conoció en París a “un político preocupado por el país, por Latinoamérica que en Venezuela era capaz de sentarse con los comunistas, con la derecha más extrema y que eso sí, dejaba registro de todas sus actuaciones”.

Su esposa, Alicia Parés Urdaneta de Estrada, guarda todavía con recelo aquella biblioteca “un archivo personal que atestigua mucho que decir sobre cada uno de quienes conformaron el grupo dirigente de la democracia” puntofijista.


La cabeza de Estrada o mejor dicho, su salida de la Seguridad Nacional, fue una de las condiciones que debió ceder el régimen de Pérez Jiménez, pero muy tarde, el 10 de enero de 1958, demasiado cerca del 23 de enero de aquel año, en un esfuerzo desesperado para reflotar lo insalvable: el régimen hacía aguas por todos los frentes.

El hombre encargado de oír el ruido de cada hoja que cayera en Venezuela no advirtió el peligro que la Junta Patriótica de junio de 1957 significaba para el dictador.

Fuera del país, Estrada se desplazó en mayo de 1958 a Miami por temor a una eventual traición por parte del dictador Rafael Leonidas Trujillo, contra quien había realizado labores de espionaje en los años anteriores a su gestión como Director de la Seguridad Nacional. En Miami permaneció varios meses y se reunió con el general Marcos Pérez Jiménez que había sido depuesto el 23 de enero de 1958.

Estrada viajó desde Miami a Suiza, Inglaterra y, finalmente, a París, Francia donde se radicó. En los años posteriores se dedicó a dar asesorías en el ramo de la seguridad, y ejerció funciones de Asesor de Inteligencia para la Sureté, la policía de seguridad francesa, su nombre ya había trascendido nuestras fronteras.

París le concedió la figura de asilo político por lo cual nunca fue extraditado a Venezuela.

Hasta el final de sus días, murió a los 82 años en Francia, vivió con su esposa Alicia y sus tres hijas, dos de ellas casadas con franceses y la menor con un inglés y residente en Estados Unidos. Estrada escribió sus memorias donde habla sobre una buena parte de las confidencias del régimen, así como los personeros políticos de oposición que sirvieron como espías para la dirección de Seguridad Nacional.

El nombre de Pedro Estrada ha trascendido generaciones, la mítica figura elegante del hombre capaz de ordenar sus particulares interrogatorios en la década de los cincuenta, sin que una gota de sangre lo alcanzara, permanece en el imaginario histórico de un país que progresó en los cincuenta, inició su industrialización, vio crecer obras monumentales a la vez que vivió días de una dura represión contra la disidencia.

 

Noticias Relacionadas
Dejanos tus comentarios
Avances de
A Fondo
Publicidad
Publicidad
Arriba
Copyright@Panorama.com.ve 2014. RIF: J-30202528-1
Aviso Legal, Políticas de Privacidad, Términos y Condiciones de Uso