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Conoce el origen de la fiesta de San Benito en Cabimas
Miguel González
jueves 27 de diciembre de 2012 08:20 AM
Marielys Zambrano Lozada / marielyszambrano@hotmail.com

Tambores al unísono dan el primer golpe seco y empieza el repique extendido de los cueros. Monseñor William Delgado, obispo de la Diócesis de Cabimas, está montado en una tarima dispuesta afuera de la Catedral, porque la multitud calculada en más de 100 mil personas no cabe adentro del templo. Apenas acaba de pronunciar las palabras: “Podemos ir en paz, demos gracias al Señor”, y los devotos se agitan más de la cuenta dando los primeros estrujos a las caderas al son de los repiques.

A los pies de ese escenario se baila la segunda festividad católica más concurrida de Venezuela: las fiestas en honor a San Benito, después de la Divina Pastora en el estado Lara.

Las autoridades regionales y municipales que están montadas en esa misma tarima tratan de aprovechar la ocasión para brillar ante la multitud que observa cuidadosamente. Aunque digan que están poniendo su fe hacia el único santo negro del catolicismo como motor de su presencia allí, saben que también es oportuno usarlo como plataforma política ante tanta gente confinada. Por eso, no en vano, todos los aspirantes a cargos públicos se acercan a esa tarima cuando hay elecciones en puertas, el único tiempo cuando se les ve por esos predios de las fiestas.

El encargado de la lectura maneja el añejado informe protocolar cuya preparación arrancó desde el primer domingo de octubre, aun cuando ahora es 27 de diciembre, el primer día de celebración del santo. Y aunque trata de leer rápido la entrega de reconocimientos públicos a las autoridades y a los colaboradores, ya no podrá contener a la multitud que siente sus venas explotando de efervescencia.

En un mismo punto se suman las ovaciones, los gritos que dicen: “¡Suelten al santo!”, las botellas de licor, mayormente ron, barato, que agitan en la mano con insistencia, como si “san vito” los estuviera consumiendo vivos. Paradójicamente, es una fiesta religiosa donde parece que el diablo se les mete en el cuerpo.

El repique de los tambores extendidos suena como cuando un momento cumbre está por comenzar, y se activa la algarabía de los presentes que, casi molestos, no quieren seguir escuchando lo que se dice en la tarima: la señal para las autoridades eclesiásticas de que la situación se está saliendo del estricto control planificado, asunto al que ya están acostumbrados, año tras año.
En cada respiro se huele el temor de los cargadores del santo que fueron acreditados para permanecer en la tarima, porque saben que, en cualquier momento, otros cargadores que solo miran la imagen dispuesta en la esquina izquierda de la plataforma, no aguantarán más el protocolo. Se subirán intempestivamente, con desorden, casi que con ira, y arrebatarán a la fuerza su bien apetitivo para bajarlo ya de ahí.
Ambos bandos lucharán por evitarlo, pero el desorden comenzó.

“Paca, paca, paca, paca, paca, paca, paca...tum, tum, tum!”. La fiesta se prendió. Los tambores están frenéticos, las caderas empiezan a soltar vibraciones telúricas y las gotas espesas, amarillas, de una lluvia de licor que se suelta cual aguacero en invierno, bañan la imagen inerte, bamboleada de un lado a otro por los vasallos o tocadores de chimbángueles, unos 25 grupos en promedio anual, es decir, alrededor de 300 cueros ardiendo por 11,4 kilómetros de recorrido. Arranca la procesión un año hacia la zona sur (La Rosa), y al siguiente hacia la zona norte (Ambrosio).

Revienta el golpe de ajé (cuando va a salir el santo o a entrar a la iglesia), luego el golpe de camino, de misericordia, de cántica, chochobelesé, songongoromé, valla; esos golpes que solo entienden quienes lo tocan, porque la gente nada más tantea el mismo “paca, paca, paca, paca, paca, paca, paca, paca”, sin parar.
Con fuerza, los fieles se empujan unos con otros. A nadie le importa nadie. Cada quien sobrevive los apretujamientos como puede, en medio de un alud de pieles donde el sudor corre raudo por el cuerpo. Hay gente que viene de varios puntos de la geografía costera, y otros tantos del interior del país. Unos pagan el compromiso hecho promesa por favores concedidos. Otros solo van por una cosa: bochinche.

“Cada año vengo con un velón azul. Mi esposa sufrió aneurisma. Estuvo al borde de la muerte. Como se salvó, por eso acudo”, dice Alexis Boscán.
“Yo vengo porque la fiesta es un gran alboroto. En su honor se hace una procesión donde puedes divertirte también. ¡Aquí no todo es religión! Lo admito, me gusta el bochinche. Además, encuentro chicas lindas bailando, y muy sexys”, dice el estudiante universitario Euridiel Mejías quien acude cada año con una romería de amigos al evento.

“A mí me agarraron el trasero en una fiesta de San Benito. Es cierto que el bochinche atrae a la gente. ¡Pero ya se están pasando!”, comenta la administradora Nailina Almarza.

La municipalidad trata de contener la euforia con un decreto de Ley Seca por 24 horas, que nadie acata ante la mirada de unos 500 efectivos de la policía regional, municipal, Guardia Nacional, bomberos, Protección Civil y ONA.

Y la Iglesia llama a recato siempre: “La diócesis se llena de alegría por esta festividad. Quisiera que todo fuera mejor que antes”, dice Jorge Pérez Duno, párroco de la Catedral.

Como él, también Jesús Campos —quien organizó las fiestas por años, ahora fallecido—, procuraba que los actos estuvieran cargados de religiosidad; un esfuerzo en vano.

Los tambores avanzan su camino. Ladronzuelos aprovechan el caos. Hay gente disfrazada como el santo, con mantas de un azul intenso. Abundan los sombreros, cual fiesta llanera, y las cavas repletas de licor. Grupos de familias optan por ver todo a lo lejos.

El rostro del santo luce distante de lo que allí está pasando. Está hecho de madera fina, vera, y en su interior no hay alma alguna. La imagen fue mandada a elaborar en Quibor, estado Lara, en 1992, por Bs. 7.500, a fin de sustituir la estatua previa —que es la más antigua que se conoce del santo en Venezuela y está en Cabimas—. Luego fue traída en caravana el cinco de abril del mismo año para alojarla en la Catedral, según explica Leli Lara, presidente de la Fundación Vasallos de San Benito del municipio.

“La primera imagen que llegó a Cabimas fue en 1913, traída por los misioneros. Mi abuelo, Elímenes González, me decía en vida que, recordaba cuando los vecinos Herminia Quiroz y Pedro González la cuidaban en una pequeña capilla que estaba en la Misión, zona norte de la ciudad. Me contó que la devoción al santo en Cabimas comenzó a hacerse fuerte después del reventón del pozo petrolero El Barroso (1922). Unos vecinos pidieron que cesara el caos, llevaron la imagen allá, y al día siguiente comenzó a disminuir el caudal de petróleo desbordado. Esa primera imagen se deterioró demasiado con los años. El baño de licor y el desorden que crecía en las procesiones desde la década del 70, 80 y 90, la desgastaron. Regresaba a veces sin cabeza, o sin brazos a la Catedral. Y los ebanistas debían restaurarla año tras año. Hasta que mandaron a hacer una nueva, que es la que bailan ahora. A esa imagen debieron dibujarle el rostro otra vez los artesanos de origen italiano Alfredo Farina y Giussepe Riccione. Es que la original trajo una cara muy fea, semejante a un búho. Le colocaron entonces un parcho de madera y se lo repintaron”, explica Lara.

El devoto Otto Solarte prefiere ir a la solemnidad de los pueblos sucrenses: Bobures, El Batey, Santa María, San Juan, La Conquista, Palmarito y Gibraltar. “Allá no hay ese bochinche”, dice.
Ya es de noche y guardan al santo inerte. Una mujer ebria se resiste y golpea a una funcionaria policial. Hay disparos y se enciende la trifulca apaciguada luego. Volveran a salir el seis de enero a tamborilear. ¡El colapso otra vez!

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