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Perfil: Douglas Bravo: un eterno conspirador
Armando Aristiguieta
miércoles 12 de septiembre de 2012 09:10 AM
Sabrina Machado / panorama@panodi.com / Caracas

“La guerrilla no fue una infantilada, como dicen muchos ahora, creo que fue lo mejorcito que algunos de nosotros hemos hecho en la vida”, afirma Douglas Bravo, otrora “Comandante Andrés”, quien recuerda con envidiable lucidez cada momento y cada fecha de su comprometida lucha por un país que todavía —con 80 años— no conoce y espera no morir sin conocer.

Desde su punto de encuentro, ubicado en el céntrico Parque Central, se niega a creer que los 20 años dedicados a la lucha armada, desde las montañas falconianas, fueron una pérdida de tiempo, que representaron a una alta dosis de sacrificios personales y riesgos que a muchos les costó la vida, como a su compañero y “hombre de gran valía” Fabricio Ojeda, entre otros camaradas.

“Claro que no aramos en la nada, la concepción política que tenemos en la actualidad es producto de esa experiencia, hoy tenemos una teoría propia, no seguimos ideologías extranjeras, pensamos con cabeza propia y eso se debe a la guerrilla, a la montaña”, afirma mientras recuerda nombres de civiles y militares que lucharon codo a codo por un ideal común, sin dejar de lado al siempre comprometido campesino.

A medida que avanza la conversación, Bravo recibe en su apartamento a compañeros de “ideas” que se reúnen para debatir sobre la política nacional. “Él se escapó del cuartel San Carlos”, dice al presentar a uno de sus amigos. Otro afirma ser primo de Diego Arria y menciona en varias oportunidades al Tribunal de La Haya. Tienen temas muy importantes por tratar.

Frente al entrevistado, quien habla con fluidez temas tanto del pasado como del presente, se encuentra una infinidad de libros de política, economía, historia. En uno de ellos se aprecia a un hombre joven, con profusa barba y un arma empuñada en su mano. Al lado está el actual secretario de la Unasur, Alí Rodríguez Araque, quien presenta la misma facha que su compañero Andrés o Martín, como se le conocía a Bravo en la guerrilla.

Hoy, este político nacido, criado y formado en la izquierda nacional acepta su particular forma de asumir la vida, porque es necesario “cierto radicalismo para salvar al planeta, en cuanto a los remedios e ideas que necesita”.

Su visión política extrema lo ha llevado no solo a combatir contra el estamento político del país, casi que desde que nació. Enfrentó desde el comité obrero la Junta Patriótica Bolivariana al general Marcos Pérez Jiménez, luego alzó armas contra los gobiernos del Puntofijismo y, ahora realiza férreas críticas contra la administración de turno, por entregar —a su parecer— la soberanía del país a otras naciones como China e ir en contra de los ideales originarios de la nueva revolución.

Con ocho décadas a sus espaldas jamás ha vivido lo que es considerado para muchos la mayor expresión democrática, el voto. Nunca se ha inscrito ante el ente electoral, a pesar de ser un político dinámico que siempre ha estado vinculado con organizaciones de este carácter.
En la actualidad es miembro del movimiento Tercer Camino, que “llegó primero que este camino”, espera con ansias que el descontento genere un movimiento que lleve a la constitución de una asamblea constituyente, que salga del propio poder originario, como ocurrió en la Revolución Francesa. No le importa ser llamado “utópico”, porque ha dedicado su vida a “buscar lo que no existe”.

Y en defensa propia y la de sus ideales hace un recorrido por la “revuelta planetaria” que sacude al mundo en la actualidad, desde la crisis de Grecia hasta los indignados que tomaron las calles de Europa, de Washington para gritar su descontento, el movimiento indígena que ha cobrado cada vez más fuerza. “Si eso me hace un dinosaurio en extinción, ellos también lo son”, afirma al preguntársele si se cree una especie por terminar.

Con apenas 12 años ingresó a las filas del Partido Comunista de Venezuela, su círculo cercano fue una notoria influencia para esta decisión, gracias a sus amigos universitarios y a familiares Bravo tuvo la oportunidad de leer libros de gran interés y conocer a personalidades de relieve nacional, lo que le sembró el espíritu combativo.

Esta misma organización política lo botaría 18 años después, en 1964, por mantener firme su decisión de asumir la lucha armada, a pesar del nuevo escenario nacional. La crisis de los misiles afectó la dinámica entre la Urss y los Estados Unidos. Dos años después fundó el Partido de la Revolución Venezolana (PRV), cuyo brazo armado fue las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional, las cuales comandó.

Douglas Bravo tomó la montaña como bastión de vida en el mes de febrero de 1960, a punto de cumplir los 28 años de edad. En 20 años solo saldría de ella en ocasiones muy puntuales para cumplir con operaciones vinculadas al movimiento político que representaba. Su familia sería la principal afectada, la casa de los padres y la esposa de Bravo fue allanada en repetidas oportunidades.

El 24 de noviembre de 1979 después de casi dos décadas internado en la clandestinidad, regresó a la ciudad para vivir nuevas páginas de la política nacional, aunque aún con el gusanito de la conspiración por dentro, al estimar que se mantienen las motivaciones que lo llevaron a tomar la radical decisión de empuñar un arma.

Entre las causas del fracaso de la lucha armada en el país reconoce la falta de apoyo político, la pujanza económica que se vivió para el primer período del presidente adeco Carlos Andrés Pérez, lo que permitió “la compra de los partidos de izquierda”, además existían otras relaciones con China, Cuba y la Unión Soviética.

Novedoso fue el calificativo empleado por el guerrillero para describir su primer día fuera de la montaña. Atrás quedaron los sacrificios como no ver a su madre durante 14 años, no compartir con sus cuatro hijos, con quienes se reunió en muy pocas oportunidades, a algunos los conoció con varios años de vida, debido a los riesgos que esto implicaba.

“Había que montar todo una operación por parte de los familiares, había que cambiar de carros, de sitio, era muy complicado, otra cosa que lamentó es no haber podido estar con reales amigos al momento que ellos me necesitaron. Los padres de mi esposa fueron detenidos, la casa de ella, donde estaban mis hijos, fue revisada 150 veces por las autoridades”.

Su esposa, para ese momento, Argelia Melet, también estaba vinculada con el movimiento político que su pareja lideraba, incluso antes de conocerlo, a través de la mano de Fabricio Ojeda, porque “el papá de ella era de la Unión Republicana Democrática”. Algunas reuniones se hicieron en la casa de Melet.

“Ella trabajaba en la clandestinidad, era médico, daba clases en la Universidad Central de Venezuela, cuando la descubrieron la hicieron presa en la DIM y la trasladaron hasta la cárcel de Tocuyito. Fue torturada”, expresó Bravo, quien recuerda que sufrió una experiencia similar durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez a manos del “Negro Sanz”.

Quien fungió como secretario general del Partido de la Revolución Venezolana debió sortear momentos de peligro a lo largo de su vida de lucha armada. “Siempre hay una dosis de miedo y de valentía, uno sabe que corre peligro”, dice al momento de recordar a los caídos. Afirma que los desaparecidos llegaron a contarse hasta dos mil.

Bravo no cree en las investigaciones que adelanta el Ministerio Público con el propósito de conocer a los responsables de las torturas, homicidios y desapariciones ocurridas durante los años 60, 70 y 80, porque “tienen más de campaña electoral que de comisión, en el propio Gobierno hay gente comprometida que no ha sido investigada, esto no es como la comisión de la verdad creada en Argentina, que ya ha investigado a más de 400 personas”.

Entre esos momentos de peligro recuerda la fuga desde el Hospital José María Vargas, ubicado en la populosa parroquia San José de Caracas, a principios de los sesenta. En esa oportunidad contó con la complicidad de estudiantes, médicos, enfermeras, quienes colaboraron para concretar la huida, que debió ser replanteada en una oportunidad por problemas logísticos.

“Me hicieron preso en Oriente, íbamos hacia Carúpano, se iba a ejecutar el Carupanazo, pero nos detuvieron. A través de Ignacio Arcaya, un exministro de Rómulo Betancourt, logramos que me trasladaran hasta el hospital y de ahí logré escapar. Antes de salir del centro descubrieron el plan y debí cambiar de chaqueta, de peinado, el personal nos ayudó mucho”, dice con gran picardía.

Hoy, después de afirmar que compartió ideales de lucha con el propio presidente de la República, Hugo Chávez Frías, a quien conoció en la década de los ochenta y con quien conspiró hasta 1992 en los dos movimientos subversivos contra del presidente Carlos Andrés Pérez, se siente si no traicionado, quizás un poco burlado, porque el comandante se “adelantó” y no cumplió su promesa con los civiles aliados.
Según comenta, la intentona golpista estaba prevista para el siete de febrero, y no el cuatro y la idea original era que se produjera una gran manifestación popular en contra del mandatario de turno, que sería acompañada con la acción militar; sin embargo, el líder insurrecto no le entregó las armas a los civiles y tomó la iniciativa tres días antes.
Asegura que mientras no se logre la civilización ideal seguirá en pie de lucha, lo que lo ha llevado a ser “censurado en los medios de comunicación nacionales”; no obstante, esto no los hará callar, porque todavía quedan los “seudónimos”, concluye sin fatiga el eterno conspirador.
 

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