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REPORTAJE // Senos y lipo: La obsesión del ego femenino
Agencias
martes 28 de agosto de 2012 09:30 AM
Marielys Zambrano / Cabimas

Las mujeres del país asumieron el control sobre la “naturaleza implacable”. Por eso, invadieron los consultorios de los cirujanos plásticos en avalancha, esos especialistas que para 1957 eran solo un puñado de 12 graduados que logró reunirse para conformar la Sociedad Venezolana de Cirugía Plástica, Estética y Maxilofacial, y daban vasto para un exclusivo grupo.

Pero ahora la demanda es tal, que la especialización de médicos en el área repuntó, y 55 años más tarde ya supera los 478, aumentando la cantidad de cirujanos plásticos venezolanos en un 3.983%.

El afán por ser bella se ha vuelto adictivo en el país. Lo confirma Julieta Arenas, una maestra de 28 años, casada con un trabajador petrolero, y madre de dos hijos: “Después que me agrandaron los senos me siento completa y plena. Mi esposo me cela. Los hombres me miran. Ya no soy solo una mamá. Ahora quiero hacerme una liposucción, retocarme la nariz. Quiero hacerme muchas cosas. Ésto es adictivo. Cuando te ves algo bonito quieres que todo se siga ajustando a tu gusto”, confiesa.

En Venezuela las más inquietas para someterse a cambios son las mujeres entre los 20 y los 32 años, pidiendo mayormente implantes mamarios y lipoesculturas, precisa el presidente de la Sociedad Venezolana de Cirugía Plástica, Estética y Maxilofacial, Jesús Pereira Maldonado.

“Estamos colocando 40 mil pares de prótesis mamarias al año, en promedio. La región centro occidental concentra alrededor del 70% de los cirujanos y allí está la mayor demanda. Le sigue la región zuliana. Cada día hay más chicas que quieren cambiar su cuerpo para hacerlo más bonito y también quieren ingresar más médicos a esta área. Avalamos 10 post grados en el país y estamos luchando contra la intrusión en la especialidad. Invitamos a las que quieran operarse a que ingresen a nuestra página en internet y revisen si el médico es asociado. De lo contrario corren riesgos”.

Es que un médico cirujano con especialización estética debe estudiar un promedio de 14 años, pero debido a lo lucrativo del negocio, se están inmiscuyendo personas quienes, con un curso de dos o tres meses realizados en Argentina, Brasil o la isla de Margarita, se consideran expertos porque recibieron un diploma.
“Ellos no son cirujanos plásticos. Hay que tener cuidado con eso”, advierte Pereira. Pero el afán de quien está encandilada por ser bella, no la llevará a medir riesgos.

Marina López, de aproximados 23 años, ingresa a una farmacia en la Costa Oriental de la mano de su novio. Todos quienes están en cola esperando cancelar medicamentos voltean para seguirla con atisbo. Ella los ignora y camina con desparpajo, sin complejos.

Sus senos son de un tamaño estrambótico que contrasta con su diminuta espalda. Sus nalgas se desbordaron hacia los lados y hacia atrás, casi sin forma, y no compaginan con el grosor de sus piernas.

“Tiene tetas y rabo de vedette, pero su tamaño es de una colegiala. Se ve feo. Es obvio que a esa muchacha le hicieron una mala praxis. Qué lástima, tan joven y bonita de cara. Le dañaron el cuerpo”, comenta Carla Acevedo, quien entre los murmullos sobresale con su indiscreción.

El cuerpo de oropel es el sueño de las venezolanas y harán lo que sea para conseguirlo. Ellas solo esperan la satisfacción final que las hará diferentes del resto. Ignoran los peligros.
Tal es el caso de Giovanna Marchi, a quien no le importó su temor al quirófano, con tal y transformarse. Su historia resume el cuento contemporáneo del “Patito feo”, que al pasar por el bisturí tuvo un final feliz.

“Cuando yo tenía 15 años pesaba 100 kilos. Salí del bachillerato siendo gorda. Mis compañeros se burlaban de mi. Vivía metida en un mundo imaginario donde trataba de pensar que las gorditas eran más felices que el resto. Pero en el fondo es mentira. Creo que ninguna gorda es feliz. Yo pasé por eso y sufrí mucho. Con ayuda de mi mamá viajé a Italia y un nutricionista me ayudó a bajar 10 kilos. Me daba pena cuando iba a Estados Unidos y debía comprarme ropa de raperos, tallas grandes. Usé pastillas brasileras y bajé hasta los 68 kilos. Pero quedé flácida. Mis senos estaban deformes, mi abdomen también. Al entrar a la universidad todas mis amigas eran flacas y esbeltas. Me enseñaron a sacarme las cejas, a maquillarme, comencé a ir a la peluquería con frecuencia. Me gustaba la metamorfosis que reflejaba frente al espejo”.

“Mi hermana mayor vendió el carro para operarse los senos y le quedaron perfectos. Yo también quería pero no tenía dinero. Llegó un momento en que estaba rodeada de siete personas, amigas mías, todas operadas y se veían espléndidas. Eso te impulsa a querer hacerte lo mismo. Me decían: ‘Verga marica, operate. Es espectacular vestirte sin faja y que los senos te queden levantados sin ayudas. Toda la ropa te queda bien”.

“Estuve cinco años intentando operarme pero no tenía el dinero. A los 22 años fui a preguntar un presupuesto a un cirujano y me dijo que eran siete mil bolívares la operación. Seguía sin plata y sin el consentimiento de mi papá y de mi mamá”.

“Me gradué de periodista, comencé a trabajar y duré cinco años reuniendo. A los 30 años llegó mi gran día. Visité dos doctores, pero escogí el que tenía la mejor referencia. En mi afán no me dio pena quedarme en pantaletas delante del médico para que viera lo que me debía hacer. Él fue muy profesional. Eran 30 mil bolívares entonces, pero me faltaba un poquito y acordamos 27 mil. Yo quería hacerme una reconstrucción de mamas con prótesis, también una dermolipectomía abdominal, es decir, que te quitan el ‘caucho’ de la barriga, y una liposucción. Las tres cosas me iban a modelar mi cuerpo y me harían una modelo. El médico me dijo que no podía hacer las tres cosas porque ameritaba una operación de siete horas.

¡Demasiado! ¡Pero yo no medía los riesgos! Le rogaba, le suplicaba que me hiciera las tres cosas. Pero me dijo que no me podía exponer”.

Prosigue: “Tenía opción de aceptar la cirugía en una clínica ambulatoria por cuatro mil bolívares menos. Si era en una clínica con UCI, no había el descuento. Le pregunté cuál era la diferencia y me dijo: ‘La UCI es la diferencia. Si es ambulatoria, de llegar a presentarse un percance, tenemos que llevarte rápido a una clínica privada que nos queda cerca’. En ese momento me dio un poquito de temor, y acepté que fuera en una clínica con UCI”.

“Entré al quirófano el 17 de junio de 2011. Los nervios me dieron tos. Cuando el anestesiólogo me escuchó toser, me dijo: ‘Niña, así no te vamos a operar’. Me quería morir. Mi sueño en puertas y él poniéndome un no. Le rogué que me operara. No me dio miedo a nada. Cuando desperté el médico le dijo a mi mamá: ‘Señora, ahí tiene a su muñeca’. Me sentí feliz. Ser bella era lo que quería en mi vida. Me puse a llorar. Fue doloroso el post operatorio. Me daba miedo que me tocaran los senos. Yo era una muñeca que no podían tocar. ¡Pero mis tetas... qué bellas! ¡El paraíso llegó con ellas! Por primera vez me pude poner un traje de baño de dos piezas y se me veía bonito. Estoy repleta de pretendientes”.

El temor de Marchi de sentirse tocada, fue similar al que sufrió Eugenia Lizzi, después de la operación de senos y abdomen que pagó su marido, a quien luego le pesó.
Ella estuvo nueve meses fajada y se rehusó a tener relaciones sexuales con él por temor a daños postoperatorios. La muñeca con cuerpo perfecto que ensanchaba en un principio el ego de su pareja cuando caminaban juntos, solo era una apariencia.

“A mí me gustaba que todos los hombres me miraran. Sentía que tenía el mundo a mis pies. Pero accedí a tener intimidad con mi esposo al año después. Eso tambaleó el matrimonio. Me costó mucho disfrutar porque lo único que tenía en mente era que no me tocara los senos con fuerza. Me daba miedo”.

Cada historia de cambio es diferente. Gabriela Yajure, de 24 años, en el afán por aumentar sus senos quedó envuelta en una relación peligrosa. Algo parecido a lo que le sucedió a Catalina, la protagonista de la serie colombiana Sin tetas no hay paraíso, quien asociaba la prosperidad de las niñas con el tamaño de sus senos y optó por iniciar una relación con un narcotraficante con miras a conquistar su sueño.

“Comencé a salir con un muchacho que maneja dinero. Yo sospechaba que estaba en malos pasos, pero fue un detalle que obvié porque me complació y me pagó la cirugía de senos. Estuve feliz por eso. Cuando la relación comenzó a deteriorarse, no podía terminar con él. Me dijo que esos senos los pagó él y los desechaba cuando quisiera. Todavía no puedo entablar relación con nadie más, hasta que él lo disponga”, dijo temerosa.

Los casos de Julieta Arenas, Marina López, Giovanna Marchi, Eugenia Lizzi y Gabriela Yajure, cuyas historias fueron contadas en este texto, contribuyeron a engrosar la lista de mujeres con cirugía plástica en Venezuela y el mundo, ésa que fue medida por primera vez en el 2010 por la Sociedad Internacional de Cirugía Plástica Estética (International Society of Aesthetic Plastic Surgery, por sus siglas en inglés, Isaps) a través de una encuesta que pagó mundialmente y le permitió conocer el 75% de la actividad.

El estudio ubicó a Venezuela en el ranquin 25 del planeta —liderado por Estados Unidos y China— y nos puso en el cuarto puesto de Latinoamérica —con Brasil a la cabeza, seguido de México, Argentina y Colombia—.
No en vano proyectan que 31 mil cirujanos plásticos en el mundo son los que hacen realidad el sueño de fabricar muñecas de carne y hueso, las cuales piden mayormente la liposucción (el 18,8% de las solicitudes estéticas mundiales), y el aumento mamario (con el 17% de las peticiones).

“La paciente encuentra equilibrio con la cirugía”, sostiene Jan Poell, presidente actual del organismo internacional.
Pero la psicóloga zuliana Mónica Arenas, distingue que el boom es más por competencia y no por equilibrio.

“Hay una necesidad de aprobación. En un mundo competitivo, deberás competir con las otras mujeres que están operadas y gustan. El problema en estos casos pudiera presentarse cuando la cirugía se vuelve obsesiva en busca de la perfección soñada. Eso posiblemente no llegue y seguirás buscando algo que no encontrarás jamás”.

La premisas populares de: “Lo que cuenta es el interior”, “la belleza externa es el envoltorio de algo que por dentro es verdaderamente especial”, “sé tú misma”, servirán de consuelo para las que no han logrado reunir el dinero para cambiar ese empaque, lo dice Augusto Prieto, un jocoso transeúnte.

“Al hombre le gusta mirar. Y le encanta tener a su lado una mujer que esté explotada, buenísima pues. Vamos a estar claros, a nadie le gustan los gallos. Si una mujer puede, que se ‘tunee’ (término usado en automovilismo para referirse a un carro que fue cambiado de su estampa original para hacerlo más atractivo)”.

Los riesgos en ese proceso de metamorfosis que encenderá la pupila de los hombres y despertará la envidia de mujeres, pasarán a un segundo plano en medio del afán.
Por eso en el quirófano quedaron los sueños de la estudiante Elizabeth Veloz y la administradora Lubiennys Rosana Martínez de Rodríguez, madre de dos hijos, ambas las más recientes víctimas de la cirugía plástica.

Ellas no despertaron jamás. Solo durmieron con la esperanza de levantarse de esa mesa operatoria convertidas en las muñecas más lindas, que no lograron ver su molde final.

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