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“Cuando le pusieron mi nombre a la escuela de teatro lo agradecí, pero nunca me ufané”: Inés Laredo
martes 27 de marzo de 2012 05:15 AM
Yesenia Rincón Castellano / Maracaibo

El litoral celeste de Valparaíso mora en los ojos de Inés Laredo Schanze, maestra de maestros en la creación estética dramática sobre las tablas desde Maracaibo, con proyección nacional e internacional.


Su país natal es Chile, pero lleva más de 60 años radicada en la capital zuliana, por lo que desde lo alto de su casa, en las residencias El Cerro, al lado del edifico Bancomara, abre su balcón y deja conectar el verde azulado del Lago con la ciudad puerto chilena que lleva en sus ojos y que con solo recordar se vuelven cascadas que emana nostalgias.
 

“Ya no tiene sentido volver, toda mi gente se ha muerto”, argumentó, pese a su reticencia a las entrevistas y homenajes, al recibir la visita de PANORAMA, a propósito del Día Internacional del Teatro que se celebra hoy y de los 90 años que cumplió el 27 de febrero, como dice su partida de nacimiento, o el 4 de marzo según el error en su cédula de identidad venezolana.
 

Apacible, desde la silla de ruedas que la transporta por sus lesiones lumbares y en una rodilla, dijo contundente: “No me gusta figurar. Menos cuando la escuela que lleva mi nombre no sede digna”. Y con la decepción en su rostro prosiguió a hablar sobre la situación actual del teatro en Venezuela.
 

“A pesar de que ya no puedo salir como antes a los eventos y al cine, lo que he visto a través de la prensa y televisión es que hay un resurgimiento muy grande del teatro. Pero en realidad, no es el que uno quisiera que se hiciera. Es teatro para entretener, pero no aporta una idea. Es un teatro muy simple”.
 

De la televisión y sus hacedores incursionando en el teatro determina: “Muchas veces , vemos en el teatro que el actor principal lleva todo el peso porque en la gran mayoría de los casos son personas que no son de las tablas, sino de la televisión, y algunos ni siquiera han actuado en la pantalla chica, sino que son animadores o conductores. Por eso, luego que se ganan su dinero, no hacen más teatro. Muchas veces el público es atraído por la personalidad de ese personaje. Eso no es arte”.
 

“Otros hacen compañías rápidas, con lindos vestuarios que montan obras clásicas, musicales, pero una vez hacen esa función desaparecen. Entonces es un teatro de superficie”, arguye tajante la maestra que interpretó su primer papel como actriz a los siete años, en una obra llamada La reina de las flores, como parte de un acto en la Escuela Nº 55 del poblado semiurbano llamado Recreo, en Chile, donde vivió su infancia con su abuela materna Carlota Taylor de Schanze, de origen inglés y casada con un alemán.

“Mi admiración por la señorita Alejandrina de Ahumada, que fue mi maestra durante toda la primaria, me llevó a ser docente y ella siempre me decía: ‘Tú vas a ser artista”, recuerda con marcada lucidez la maestra, quien reconoce en sus docentes el importante rol de valorar su talento artístico para tomar el camino del teatro.
 

“Es muy importante que en la escuela el docente valore y canalice el talento artístico. Con los años entré en la Escuela Normal y hacía muchos monólogos, por eso me llamó la directora, Evens Sergerg, y me dijo: ‘Mi conciencia me dice que con usted hay que hacer algo, porque más que maestra es una artista ¿no se ha dado cuenta que es artista?”.
 

Al graduarse de maestra normalista su trabajo altruista más allá de la docencia en el pueblo de Olmué, donde educó y apoyó a hijos de campesinos, la llevó a ser destacada por la prensa chilena y luego a ser llamada por el Ministerio de Educación de Chile para trabajar en el Centro Cultural Experimental de Arte, en un barrio de Santiago.
 

“Allí, la gente era de hábitos muy violentos y el teatro les sirvió para dejar a un lado la violencia. El arte es un bálsamo”.
En ese centro conoció al artista marabino Carlos Áñez Urrutia, quien se encontraba en el lugar por una beca de estudios universitarios. Tras casarse con él, Inés se vino a Maracaibo el 18 de enero de 1948. En suelo zuliano, se dedicó a la docencia y al teatro al mismo tiempo, sin pago alguno. Formó el teatro universitario con el grupo Sábado, de donde surgieron actores consagrados de la ciudad.

“Homero Montes es el teatro en sí”, hace un silencio largo y se le humedecen los ojos para decir: “Él lleva el teatro por dentro, como yo. Heberto Rosillón fue un actorazo, Maracaibo no supo lo que tuvo, solo algunos porque cuando trabajaba se llenaba todo auditorio, los que lo vieron en escena lo saben. Son actores como no los ha tenido Venezuela. Ana Lucía Fuenmayor y Marcelina Conde, son otras actrices extraordinarias”.
 

La maestra se detiene a pensar que el teatro nunca contó con apoyo económico, pero igual se hacía.
“El público tenía menos opciones de entretenimiento, los espectáculos eran cosas nuevas para ellos, para el estreno de Sábado el paraninfo de la Universidad del Zulia se llenó, por las ventanas y las puertas había gente mirando, y todo eso sin aire acondicionado y sin ventilador. Actualmente muchos no hacen teatro sin un auditorio, cuando el teatro es el artista mismo”.

 

Ante esa visión, vuelve a su rostro la decepción cuando se le habla de la escuela de teatro. “A mí nunca me dejaron trabajar allí, porque mis montajes son clásicos y les parecían viejos, desactualizados. Y lo que es clásico nunca perderá vigencia”.
 

“Cuando le pusieron mi nombre a la escuela de teatro lo agradecí, pero nunca me ufané. No me gusta creerme, más bien siempre estoy pensando qué más puedo hacer. No me gusta buscar figurar, porque el teatro siempre será un trabajo en equipo. El éxito será una consecuencia”.

 

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